¿Cuándo empezamos a creer que cuidarnos significa exigirnos más?

Una reflexión sobre la autoexigencia y cómo el autocuidado puede convertirse en otra obligación.

REFLEXIONES

Míriam Lanzas

10/9/20262 min leer

Taza y cuaderno sobre una mesa, en una escena de pausa cotidiana.
Taza y cuaderno sobre una mesa, en una escena de pausa cotidiana.

Hay días en los que cuidarse parece una to-do list interminable: Comer equilibrado. Hacer fuerza pero también cardio. Dormir ocho horas y ver el amanecer. Beber suficiente agua y esperar 1:37h para desayunar después de despertarte. Gestionar nuestras emociones. Tener tiempo para ti. Ser constantes. ¡Y MEDITA!

Y, por supuesto, hacerlo todo siendo un ser de luz.

Muchas de estas cosas nacen de una buena intención: queremos encontrarnos mejor, tener más energía, sentirnos bien con nosotras mismas.

Pero ¿qué ocurre cuando aquello que hacemos para cuidarnos termina convirtiéndose en otra fuente de exigencia?

Cuando descansar nos genera culpa porque sentimos que deberíamos estar aprovechando el tiempo. Cuando comemos algo diferente a lo que habíamos planeado y pensamos que hemos hecho algo mal. O cuando terminamos el día repasando todo aquello a lo que no hemos llegado, en lugar de reconocer lo que sí hemos hecho.

A veces, sin darnos cuenta, convertimos el autocuidado en otra obligación.

¿De dónde viene tanta culpa?

Quizás esta sea una de las preguntas más importantes que podemos empezar a hacernos.

¿Por qué nos sentimos culpables cuando descansamos? ¿Por qué nos cuesta tanto cambiar de planes? ¿Por qué parece que siempre deberíamos estar haciendo algo más?

No nacemos pensando que descansar es perder el tiempo o que nuestro valor depende de lo productivas que seamos.

A lo largo de nuestra vida vamos incorporando mensajes, expectativas y creencias sobre cómo deberíamos comportarnos, alimentarnos, trabajar o cuidar de los demás.

Algunas vienen de nuestra educación, otras de nuestro entorno, de experiencias personales o de los mensajes que recibimos constantemente.

Y muchas veces las hacemos tan nuestras que dejamos de cuestionarlas.

Nos acostumbramos a pensar que ser responsables significa poder con todo. Que cuidarnos requiere disciplina constante. Que descansar está bien, pero solamente cuando hemos terminado nuestras obligaciones.

¿Y si esa voz que te juzga no fuera del todo tuya?

Está bien no llegar a todo. A lo mejor hoy no hayas tenido tiempo de cocinar como habías pensado. Quizás no hayas hecho ejercicio, hayas necesitado cancelar un plan o hayas terminado el día sin energía para nada más.

Y puede que aparezca esa voz que te recuerda todo lo que te ha quedado pendiente.

Pero no llegar a todo no significa que no te estés esforzando lo suficiente.

Tenemos días diferentes, necesidades diferentes y recursos que no siempre son los mismos.

Hay momentos en los que podemos con muchas cosas y otros en los que necesitamos bajar el ritmo.

Y ambas realidades merecen el mismo respeto.

Cuidarte también puede ser reconocer tus límites, cambiar de planes, pedir ayuda o permitirte descansar aunque todavía queden cosas por hacer.

No porque hayas renunciado a cuidarte, sino precisamente porque estás empezando a tenerte en cuenta.

Podemos empezar por aqui, la próxima vez que aparezca la culpa por no haber hecho algo que tenías previsto, puedes preguntarte:

¿Qué estoy sintiendo que debería haber hecho?

¿De dónde viene esa expectativa?

¿Qué necesitaría hoy si dejara de juzgarme un momento?

No se trata de eliminar la culpa de un día para otro ni de encontrar siempre la respuesta correcta.

Se trata de empezar a reconocer esas exigencias que hemos normalizado y preguntarnos si queremos seguir viviendo bajo ellas.

Porque cuidarnos pocas veces consiste en hacer cada vez más cosas.

Cuidarse también consiste en aprender a escucharnos, respetar nuestros límites y entender que no tenemos que llegar a todo para que lo que hacemos sea suficiente. Ni para serlo nosotras.

Y que podemos empezar a conocernos para cuidarnos.